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El Ciclo de la Puerta de la Muerte

En el mundo de la literatura fantástica, ocupan por derecho propio un lugar muy especial, Tracy Hickman y Margaret Weis.

Irrumpieron en España con su obra más conocida, “Las crónicas de la Dragonlance”, una literatura amable, llena de aventuras, con mundos nuevos y personajes maravillosos, que parecía destinada, por su blancura, a un público más adolescente que adulto. El lenguaje empleado así lo hacía confirmar.

Con el ciclo de la Puerta de la Muerte, han dado un paso más allá. El lenguaje ya no es tan blanco aunque sin llegar a convertirse en un Stephen King y no solo el lenguaje sino que a los personajes se les permite desarrollarse en todos los ámbitos de la vida, incluidos los más íntimos y son víctimas de todas las pasiones humanas.

Pese a ello, no espere el lector con encontrarse con un Danielle Steele. Al contrario, las pasiones humanas quedan aún en segundo plano frente a la cascada de aventuras, personajes y mundos inventados en este ciclo.

Los sartán, pueblo de semidioses que dominan la magia, controlan a las razas inferiores, humanos, enanos y elfos. Los protegen incluso de sí mismos, en una forma de esclavitud más, aunque más parece una relación padres e hijos que amos y esclavos.

Frente a los sartán, surge la raza de los patryn, otra raza de semidioses que emplean la magia y que los sartán no puede controlar. Ante la creciente amenaza de su supremacía por parte de los patryn a quienes consideran enemigos y de baja catadura moral, los sartán deciden destruir el mundo tal como está concebido, crear otros cuatro mundos independientes aunque comunicados entre sí y recluir a los patryn en una prisión.

Los sartán esperan que esa prisión, que han dotado de toda la magia que poseen, se encargue de regenerar a los patryn, de “reinsertarles socialmente”. Cumplida la creación de los cuatro mundos, los sartán se retiran a dormir con la intención de despertar cien años después. Pero algo falla y los mundos no funcionan como debieran y como había sido preparado y la prisión de los patryn en lugar de regenerarles, les asesina impunemente. Los sartán no se despiertan cuando es debido y la vida sigue ajena a ellos en los cuatro mundos hasta que el primer patryn escapa del laberinto y un sartán, en uno de los mundos creados, despierta al fin.

La historia arranca con fuerza en uno de los mundos credos tras la destrucción. Un humano, un asesino a sueldo, va a ser ejecutado por un crimen del que es inocente pero es convenientemente elegido cabeza de turco. En el último momento, el rey de los humanos impide la ejecución para encargar al asesino una misión especial: aesinar a su propio hijo, el príncipe heredero.

Durante la narración, se incluyen guiños a los lectores de anteriores obras, como la aparición del personaje mago de las crónicas de la Dragonlance, que aquí cambia de nombre “por problemas de derechos de autor” según afirma, acompañado de su díscolo dragón. Este personaje realiza a lo largo de su aparición numerosas referencias a las Crónicas de la Dragonlance y a otras obras como “El señor de los anillos”.

Los mundos creados por Hickman y Weis, son originales, dotados de una geografía no vista y seres completamente nuevos, aparte de los acostumbrados elfos, enanos y dragones.

Merece la pena adentrarse en estos siete volúmenes, tanto para los seguidores habituales de Hickman y Weis como para los que nunca han leído nada suyo. Pero ojo, los seguidores habituales pueden llevarse una gran sorpresa, aquí ya no hay la inocencia de antaño, no hay buenos y malos, negros y blancos, aquí ya hay grises en todas las tonalidades, las cosas ya no son tan simples.

Claudio

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