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La Excomuni�n

Siempre que escucho esa palabra, normalmente pronunciada en tono de amenaza, no puedo por menos que reírme, no muy alto no sea que el largo brazo eclesiástico con su no menos oído de largo alcance me escuche y empiece a increpar amenazas de anatemas, blasfemias y excomuniones varias.

Y no es que me importe pero cada vez que escucho esa palabra, me imagino al obispo de turno yendo a la carrera a casa del condenado a arrancarle con unas tenazas la hostia sagrada que le administraron en el momento de su Primera Comunión, como si fueran a encontrarla, o la administrada en su última visita a la misa dominical.


Con estas amenazas, las de la excomunión, demuestran realmente el poder que tienen: ninguno. Y ello es porque vivimos en un país en el que la Iglesia está separada del Estado y el poder religioso se diferencia del poder civil y las leyes no las hacen los curas ni los obispos, sino los políticos en representación nuestra.

Es habitual por parte de la Iglesia poner el grito en el cielo cada vez que el poder civil irrumpe en su negociado, la muerte. Porque, no nos engañemos, no es la vida lo que defiende la Iglesia sino el poder absoluto que ostenta en el momento de morir, momento en el que las conversiones aumentan geométricamente y los pecadores se redimen. El poder de la Iglesia se sustenta en la muerte, en lo que habrá o no habrá después. Consideran el aborto por tanto, una muerte prematura que a ellos se les impide gestionar, ya que no llegan a aplicar ni el primero de los Sacramentos. Consideran el trabajo con células madre una amenaza a sus pretensiones, si se prolonga la vida o se mejora, los pecadores llegarán más tarde al momento de reunirse con Dios y además sufrirán menos.

Y no importa que muchos conventos estén plagados de cadáveres de niños recién nacidos, neonatos de tiempos pasados a los que se ha permitido nacer para después hacerlos desaparecer. Y es igual que muchos niños solo sirvan de carne de cañón en colegios religiosos… Lo más grave es el aborto y ¡ay de aquel que lo practique!. Incluso en su mala fe, la Iglesia, con mayúscula, ha llamado a la mala praxis a los médicos, amenazando a aquellos que practiquen abortos con la consabida excomunión, pero, sí lo practican mal, si el embarazo prosigue, entonces no, entonces no hay excomunión.

Claudio

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