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La peste

A finales del siglo pasado, hubo una peste, surgió, mejor dicho, una peste, cuya propagación en este siglo continúa y es con mucho en ese aspecto, la más duradera.
Esa peste no fue provocada por las ratas, ni por la falta de higiene, ni por la mala alimentación, ni por la mordedura de ningún animal rabioso. Esa peste a la que llamaron SIDA y cuyo origen no ha quedado claro aún, se propagó sobre todo por la ignorancia y es por la ignorancia que sigue hoy día su camino.

Al principio no se tenía conciencia de qué era, ya que no atacaba por igual a todas las personas, ni se sabía cómo se propagaba. Pronto se vio sin embargo, que había un patrón común entre los primeros afectados: homosexuales. La revolución sexual de finales de los sesenta afectó sobretodo a los homosexuales, que al carecer de derechos legales eran poco dados a formar parejas estables porque cuando lo hacían tenían problemas que no vamos a enumerar. Dada la promiscuidad sexual que la falta de pareja estable representa, el SIDA se manifestó con mayor virulencia en el colectivo gay de los Estados Unidos. Aclaro que los homosexuales no es que fueran en aquel entonces promiscuos por naturaleza sino por que no podían ser de otra manera.

Los sectores más reaccionarios de la sociedad americana, aclamaron al SIDA como un castigo divino contra el vicio de lo contranatura. La Iglesia, guardó silencio.
Poco después empezaron a descubrirse más cosas y a los gays, como principales víctimas se les unieron los heroinómanos, que entre sus costumbres figuraba la de compartir jeringuillas. Volvieron a clamar los de la extrema derecha y volvió a guardar silencio la complacida Iglesia, la católica y las otras.

Pero la información, esa especie de limpia telarañas de los rincones más oscuros de la ignorancia inducida, acaba por sacar a flote la verdad. Y el SIDA, ese vengador justiciero y divino, empezó a atacar a miembros de la derechona, esos que van a la iglesia todos los domingos y sonreían complacidos, comenzaban también a ser castigados.

En la primera década del siglo XXI, se puede afirmar que el principal problema del SIDA es el tercer mundo. La enfermedad suele hacerse más fuerte allí donde los medios escasean y la información es expulsada a escobazos por la ventana. Y hete aquí, en pleno marzo de 2009, que el decrépito anciano alemán, antiguo mata judíos (y si hoy en día no lo hace es porque estaría feo), alguien que se ha tenido que bendecir a sí mismo al ponerse el nombre, alguien que manejaba ya las instancias papales mucho antes de serlo, se atreve a condenar el uso del preservativo en su última visita, espero que sea la última por bien de ellos, a África, afirmando que el preservativo no es la solución al SIDA, la solución del SIDA es la “humanización de la sexualidad humana”…. O sea, “que dejéis de hacerlo como perros”.

Se atreve alguien tan privilegiado como el Papa, el decrépito Benedicto, a decirles a los más desfavorecidos que no utilicen lo que por ley él no puede usar, que la única alternativa al sexo, el pecado, es el castigo, la muerte.

Y es que además, olvidan que ya no tienen el poder ejecutivo, que ya no pintan nada. España acaba de enviar 1 millón de preservativos al Camerún. Esa es la respuesta.

Por otro lado, el discurso tan a favor del sacrificio, pro vida que desarrollan con gran hipocresía, ya que en el fondo, la vida humana les importa un pimiento y lo que persiguen es perpetuarse en el poder terreno, el rico manjar diario, bocado de cardenal, se beben el Nilo y si no se comen al niño Jesús es porque terminarían con el invento, en el fondo ese discurso hipócrita es falso. Ponen el grito en el cielo cuando unos padres, llevados por el amor a su hijo, conciben un segundo hermano, con las modificaciones médicas adecuadas, para que con su nacimiento se pueda salvar el primero, aprovechando su cordón umbilical. Siempre que los humanos tratan de manipular el negociado de la muerte, la Iglesia pone el grito en los altares y en los púlpitos, ya que llevan siglos considerando a la muerte algo exclusivo.

La última paranoia es la de comparar a un bebé con un lince. No se enteran. Lo único que han conseguido con ello es que los ecologistas se les echen encima y con razón. No conozco colectivo decente que no debiera haberse echado ya encima de la Iglesia y los ecologistas lo hacen de cuando en vez.

Con la misma fiereza que condenan el aborto, ocultan a sus pederastas en lejanos confines, llegando a casos esperpénticos de proporcionar al pederasta, nuevos terrenos inexplorados donde ejercer su magisterio.

Claudio

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