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Las lágrimas de una princesa

En este país, diferente a todos en tantas cosas, diferente en cultura y carácter de sus gentes, diferente en su clase política y en sus dirigentes, diferente en todo, hasta en la monarquía que nos representa.

Si hay un apartado en la vida de las personas que debiera ser privado por ley, este sería, en mi opinión, el de su muerte. ¿Qué otra cosa le atañe con más razón en exclusiva a la persona que su propia muerte? Quizás el de su nacimiento, pero entonces, la persona es demasiado pequeña como para sentir vergüenza y se perdona la falta de privacidad por la alegría de unos padres.

Cuando alguien se muere, tiene derecho al menos en guardar intimidad de ese su último momento. Los demás, sus allegados, tienen derecho a llorar en privado a quién se ha ido sin que se hurgue con un garfio en las heridas recién abiertas por parte de todos los espectadores, lectores y oyentes. Durante los días que siguieron a la muerte de la hermana menor de la Princesa de Asturias, una caterva de personajes, que atienden al nombre de periodistas y que hace tiempo olvidaron lo que esa profesión supone, han ido hincando el diente allí donde les han dejado y como esta vez les han dejado poco, han inventado, han criticado lo incriticable y han protagonizado uno de los episodios más lamentables en la historia de la televisión y el periodismo español, que ya es decir.

En torno a la muerte de un ser poco conocido hasta estos días pero cercano a la monarquía española, se han desatado todo tipo de airadas teorías y se esgrime el derecho, manda narices, de conocer los detalles de la autopsia. ¿Qué derecho a la información puede exigir semejante cosa?.

Una vez más, la monarquía española ha demostrado ya no solo estar a la altura de las circunstancias sino que ha mostrado un carácter diferencial con respecto a otras monarquías, enseñando su dolor en público y dando a entender que son humanos, que si se hieren sangran, que sufren como todos ante una desgracia. La Princesa de Asturias lloraba lágrimas reales en público. Ya sé que a otras monarquías esto no les parece bien pero son las monarquías de otros países menos viscerales, más fríos y acostumbrados ya desde hace siglos a ser como son. Me quedo con la nuestra y si algún privilegio han de tener, que sea el de llorar como quieran donde quieran y que se respete su real intimidad.

Claudio

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