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Rebajas

Nos habíamos reunido para disputar la carrera con bastante tiempo de antelación. Algunos llevaban en la línea de salida bastantes horas, realizando ejercicios de calentamiento y preparándose mentalmente para la dura prueba. Para algunos la carrera de obstáculos duraría unos minutos, para otros, un buen número de horas: convenía estar bien entrenado física y psicológicamente.

Vimos a uno de los jueces de salida dirigirse hacia donde nos encontrábamos. Ni siquiera nos miraba, parecía que tuviera miedo de tanta gente. Le comprendí. Miraba el reloj como con aprensión, deseando que la aguja no llegase al 12, entonando para sus adentros aquel viejo bolero …. Reloj, no marques las horas… porque voy a enloquecer…

Pero el loco no era él. Los locos éramos nosotros. No teníamos suficiente con el dineral gastado días antes para celebrar el nacimiento de cierto niño hacía 2.000 años, ni el riñón gastado en celebrar que se caía una hoja del calendario, una más, igual que todas las demás del almanaque solo que era la última y nos hacía más gracia. No, no tuvimos suficiente con eso y con dejarnos el otro riñón en regalos para los niños y allegados, conmemorando el paseo de tres señores en camello que habían venido siguiendo una estrella. Hay que estar chiflados. Pero con ello, nosotros lo estábamos más. Con las tarjetas de crédito descoloridas ya, exangües, con sus bandas magnéticas más desgastadas ya que el pizarrín de Dinio, nos apiñábamos por docenas a las puertas de unos grandes almacenes con el fin de ¡¡¡COMPRAR!!!.

Son las 10 en punto de la mañana y por la puerta del establecimiento, pese al mal tiempo y sin importarnos que la autoridad dé su permiso o no, en lugar de salir el toro entramos nosotros en manada desordenada y anárquica. Unos cuantos giran en ambas direcciones, tratando de recorrer el camino que les separa de aquella chaqueta tan cuca que han visto el día anterior carísima y que hoy esperan casi regalada. Han memorizado el camino y lo han recorrido mentalmente tantas veces mientras esperaban, que se les hace extraño tardar tanto en llegar y comienzan las artimañas antideportivas.

Esa señora de gafas, que parecería no haber roto nunca un plato, pone la zancadilla a la señora canosa mientras sujeta del brazo a la quinceañera llorona que intentaba colarse por la derecha. ¡¡Falta, falta!! ¿Pero dónde está el árbitro?. No hay árbitros, ni reglas, pero donde las dan las toman, y la señora de gafas (de concha azul, ahora me fijo mejor) yace en el suelo buscando su bolso mientras recibe un pisotón de un señor con corbata gris que pasaba por allí.

Transcurridos los primeros minutos de incertidumbre, algunos sujetan ya con fuerza sus primeros trofeos. Yo intento encontrar la ganga, eso por lo que me admiren en casa cuando vaya y lo cuente, mira lo que me he comprado, casi regalado de precio. Sigo buscando. Por el pasillo de enfrente un vigilante jurado intenta huir rendido ante las hordas y se refugia por los pelos en un almacén. Hasta allí han llegado dos ancianos que bastón en ristre disputan por un sombrero negro, baratísimo, con el que sueñan ligarse a la viuda de Domínguez para fardar después en el hogar del jubilado del barrio.
El guarda jurado resulta herido por arma barnizada y puntapié tricionero y es abandonado allí mismo como baja de la batalla. El sombrero, hecho pedazos, reposa sobre su pecho.

Empiezo a sentir el cansancio del ir y venir frenético entre mostradores de ropa desordenada, camisas hawaianas y complementos espantosos. Además comienzo a resentirme de los golpes, codazos, agarrones y pellizcos recibidos. Reúno ya más cardenales que el Papa y sigo con las manos vacías. En las cajas el dinero rebosa, las cajeras histéricas empiezan a acusar el esfuerzo y no distinguen una visa de un bono bus, saltan las alarmas y todos enloquecen un poco más y de repente … Lo veo, mis ojos han tropezado con la ganga, es para mí, antes 50 ahora 19,50, rallado, a lo Evo, incluso diré a mis amigos que es de llama boliviana, aparto la vista de mi ganga unos segundos, lo justo para vigilar a ambos lados y averiguar si algún otro se ha dado cuenta de la maravilla allí situada. Me abalanzo sobre el jersey y lo aferro contra mi pecho, salgo corriendo hacia la primera caja y entrego un arrugado billete de 20 sin esperar el cambio. La cajera, atónita, no sabe que hacer con la moneda y la lanza en mi dirección, doblo el pasillo e impacta en el ojo de un hombre que comienza a aullar, salgo de los grandes almacenes con mi tesoro en una bolsa de propaganda de las rebajas, no puedo evitar detenerme y echar un vistacillo a su contenido. Llego a casa y me desnudo por completo en mi cuarto, aquello hay que probárselo sobre la piel y nada más para apreciarlo. Horror de los horrores, no me entra, no es mi talla, es para un niño de 12 años. Salgo a la calle nuevamente dispuesto a cambiar el artículo por otro de mi talla. Me dirijo a las rebajas, por el camino solo veo niños de 12 años que me miran, que me miran… Me desmayo. Me despierto tirado en el suelo, rodeado de personas con caras diversas, algunas de preocupación otras divertidas. Me miran, mientras me incorporo sigo aferrado a algo, pero no es mi bolsa de las rebajas ni un jersey evo morales de la talla 34. Es una papelera llena de desperdicios que he arrancado de su base en mi caída.

Miro a los desconocidos y los reconozco, son los mismos que esperaban conmigo a que abrieran las puertas de las rebajas. Aún no han abierto, todo ha ocurrido mientras dormía y mi jersey de llama boliviana talla 34 estilo evo, no existe más que en mi imaginación. Me contemplan como si me comportase de forma extravagante. Suelto la papelera e intento pasar desapercibido. Lo consigo. Es fácil ante todo lo que se puede ver a través de los cristales de esos grandes almacenes, esos 2 X 1 gigantes, esos descuentos del 50%, esas oportunidades únicas… Hago lo que ninguno haría y confirmo mi extravagancia. Me doy la vuelta y me voy a casa. Mañana será otro día.

Claudio

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