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Temblores Incontrolables

Era el mismo diagnóstico de todos los años. María, esperaba que aquel año fuese diferente pero no lo era. Un año más y por la misma época, su marido se despertaba bañado en sudor, tras sufrir lo que el médico había descrito como “temblores incontrolables de origen desconocido” y que pasado agosto desaparecían con el mismo misterio con el que habían llegado.

María acostumbraba a observar cada día las actividades de su Manolo, para tratar de descubrir si éstas, influían en los movimientos nocturnos.

Anotaba las comidas, los paseos, las cosas que compraba, los amigos con los que se paraba a hablar, los resultados de la partidita de tute con el cura como compañero, anotaba cuidadosamente todos esos detalles para intentar llegar a un nexo común.

A lo largo de los quince años de matrimonio, no había descubierto nada que relacionase lo que Manolo sufría por las noches con lo que hacía por el día.

Los temblores incontrolables los conocía muy bien. Aunque llevaba ya mucho tiempo sin presenciarlos puesto que tras mucho meditarlo, habían optado por dormir en camas separadas durante julio y agosto de cada año, podía describirlos a la perfección.

Comenzaban cuando Manolo se hallaba profundamente dormido, no antes de dos horas de llevar en cama. Primero, movía las piernas como si corriese, a veces lanzaba patadas que acababan irremediablemente con la ropa de cama por todas partes. En ocasiones y tras permanecer quieto un minuto, acompañaba los movimientos de carrera, con movimientos de cabeza, como si negase alguna afirmación, pero con mucho ímpetu, negando de lado a lado aunque una sola vez hasta que se repetía ese movimiento muchos minutos después.

Sin duda alguna, esos temblores incontrolables, iban acompañados de pesadillas, de las que no se atrevía a despertarle por miedo a causar lo que el médico había definido como “daños psicológicos del sonámbulo”. En ocasiones, Manolo en esas pesadillas, profería los más espantosos vocablos, impropios de él en sus cabales y a la luz del día, insultando a quién sabe quién por a saber qué sabe qué. Durante aproximadamente dos horas, todas las noches de verano, Manolo corría tumbado en su cama, de vez en cuando pegaba patadas y cada cierto tiempo, negaba con la cabeza. Acompañaba esos incontrolables temblores con insultos inimaginables en un hombre de su catadura moral, que despierto usaba palabras como “maravilloso”, “genial” o “espléndido” y cuando se enfadaba como mucho profería un “Vete a la M” tras sonrojarse por tal atrevimiento lingüístico.

En determinados días del verano, a los insultos acostumbrados, Manolo balbuceaba frases inconexas que María anotaba en los primeros años de la enfermedad. La última vez que los anotó, creyó entender que su marido decía “Florentino”, “fíchalo”, “Zidane” pero no relacionó nada de eso con la realidad ni supo nunca a que se refería.

Aunque preocupada por estos misteriosos movimientos nocturnos y estivales, que le impedían estar con su marido todo el tiempo que ella quería, llegó a la conclusión de que no eran del todo perjudiciales, antes al contrario. Durante el verano, Manolo perdía esa barriguita cervecera que recuperaba en el invierno, fruto de las tapitas y los cociditos. En Septiembre parecía un pincel.

Durante aquellos quince años nada malo le había sucedido a su Manolo y aunque esperó y rezó en secreto para que aquello no fuera hereditario, había comenzado a ver que a su hijo le sucedían cosas parecidas. A los doce años, Ismaelito, se pasaba las noches de verano corriendo y moviendo una mano como si jugase al yoyó sin yoyó aunque de vez en cuando saltaba de su litera y las manos se unían como si lanzasen algo lejos. Misterios de la vida que rebelaría a su nuera llegado el momento…

Claudio

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